30/11/10

Una teoría para dos argollas

La argolla de la confluencia con la calle Macías Picavea

Al inicio de la calle Platerías en la esquina con la calle Macías Picavea, antes de Cantarranas, en la denominada Casa de la Aldaba (que no Casa de las Aldabas, de la que ya se ha escrito en este blog) existe colgada de la pared una cadena de hierro de la que pende una argolla. Asimismo, al otro extremo de la calle, en la plaza del Ochavo, existe otra de iguales características de la que la leyenda cuenta que pendió la cabeza del Condestable Don Alvaro de Luna ejecutado el 22 de junio de 1453. Este extremo es con toda probabilidad erroneo y fruto de la leyenda ,atribuyéndose a estas argollas entre otras hipótesis la función de atar el palio que se colocaba en las procesiones, especialmente el Corpus.

La argolla de la Plaza del Ochavo

Pero la teoría más verosimil y menos conocida es la de Canesí Acevedo, en la que nos cuenta que con motivo del incendio que sufrió Valladolid en el año 1561 se concedió la exención de soldado o de carga concejil a los mercaderes de paños o a los moradores

"desde la esquina de la calle Cantarranas, en la que hoy se ve un pedazo de cadena dorada pendiente, hasta la entrada del Ochavo",

y a la regalía de los plateros de poder

"echar cadena, que cerraba la calle de noche y por la parte del Ochavo otra, para que no pudiese entrar la justicia en seguimiento del que se refugiase allí",

aunque señala que esta última gracia ya está derogada. Como hemos visto Canesí señala que la cadena de la Casa de la Aldaba era dorada, no sabemos si de oro macizo, si así era no nos extraña que durase poco tiempo y fuese sustituída por la de hierro que existe en la actualidad.

27/11/10

"Álbum de Valladolid" de Joaquín Díaz

Descarga el libro completo en formato PDF haciendo click sobre la imagen

Recoge 112 imágenes de la ciudad entre 1874 y 1950
En este libro Joaquín Díaz González reúne 112 historias ciudadanas y provinciales del Valladolid de entre 1874 y 1950 plasmadas a través de fotografías que recogen imágenes "familiares" para el autor.
A través de más de un centenar de páginas el libro, se acerca a espacios incluso ya desaparecidos de la ciudad como los pabellones de la Universidad de Valladolid o uno de los claustros del antiguo edificio, el salón Pradera o el templete ubicado en Recoletos.


Pero, de manera especial, el "álbum de recuerdos" de Díaz reúne a personas, anónimas y no, testigos de la época y, en muchas ocasiones, protagonistas de la vida social: Lamberto Santiago, propietario de la camisaría Inglesa de la calle Santiago y habitual de las instantáneas de la época; universitarios, profesores y alumnos del Instituto Zorrilla, alumnas de las Francesas, participantes en 'raids' con coches a motor de explosión, el ingeniero vallisoletano Isidro Rodríguez con Alfonso III en la Feria de Barcelona, los primeros fotógrafos, comerciantes e industriales y los integrantes de la Cámara de la Propiedad Urbana.
Además, de la selección realizada por Díaz se han "salvado" los teatros Lope de Vega y Calderón, la iglesia de las Comendadoras de Santiago, los colegios de San José y El Salvador, la Academia de Caballería, la Universidad, el pasaje Gutiérrez, la biblioteca del Colegio de Santa Cruz, el Ayuntamiento, la plaza Mayor o el mercado del Val, informa ep.


Los pueblos cuentan con un apartado especial en la publicación, que recupera para el recuerdo el "rollo" de la justicia de Aguilar de Campos, el antiguo edificio del Ayuntamiento de Íscar y el de Nava del Rey, el arco del Ajújar de Medina de Rioseco, la celebración del Corpus en Olmedo, alumnos de un colegio de Medina del Campo y de Palacios de Campos, el osario de Wamba, el interior de la iglesia de San Cebrián de Mazote durante su restauración y con el antiguo pozo en medio o el festejo del Toro de la Vega de Tordesillas.

Vestidos por la cabeza
La portada recoge un espectáculo lúdico desarrollado en 1907 en la plaza de toros al que acudieron cientos de personas con la cabeza cubierta --"la gente de todas las clases sociales se caracterizaba por lo que llevaba en la cabeza"-- además de los Infantes mientras que la primera página reproduce un escudo "muy raro" encontrado en una postal de 1902-1903 con la corona real y que figura como el que se usaba en aquel momento para representar Valladolid.
La idea del libro surgió de un proyecto para estudiar la ciudad "desaparecida" promovido por Díaz, Jesús Urrea y María Antonia Fernández del Hoyo y que, debido a sus múltiples compromisos, se ha transformado en un álbum de recuerdos de Díaz y de fotografías de buena calidad que narran "historias particulares".


Las fotos de la época han sido cedidas por personas o, en otros casos, forman parte de la colección del etnógrafo --acaba de hacerse con un lote "buenísimo" del Club de Tenis Arco de Ladrillo--, quien las ha recopilado para mostrar la ciudad de finales del siglo XIX y mediados del XX.
"Es un libro de historias ciudadanas y provincias más histórico que nostálgico", reconoció el músico, quien calificó de "amable" un libro conformado en su mayoría por obras inéditas y "nada espontáneas" ni retocadas que en muchos casos se han salvado de una desaparición segura --algunas fueron rescatadas de un sobrado a punto de tirar una casa--.


En este sentido, explicó que las grandes colecciones fotográficas no desaparecen pero sí las familiares debido a que, durante años, muchas personas no han sabido interpretar el valor de ese patrimonio, necesario para estudiar y mostrar la realidad doméstica y cotidiana de las personas y las ciudades.


-Fuente: Diario Crítico

25/11/10

Los patios olvidados


Por María Sánchez Agustí
En el pasado, Valladolid no fue una villa cualquiera. Desde muy temprano, antes de ostentar la categoría de ciudad, se convirtió en lugar predilecto de los reyes, que establecieron en ella su residencia durante largos periodos de tiempo. Fue, también, asiento de importantes instituciones como la Real Chancillería, el Tribunal de la Inquisición o la Universidad. Esto motivó que un elevado número de casas nobiliarias y funcionarios de alto nivel erigieran aquí, principalmente en los siglos XV y XVI, sus palacios. En todos ellos, el elemento principal que los diferencia de otras viviendas urbanas más modestas es un patio.



¿Para qué sirven?
El patio actúa como elemento organizador del espacio. A su alrededor se disponen las diversas dependencias domésticas, garantizando la intimidad de la vida familiar a la vez que las estancias reciben luz y ventilación. También era el lugar destinado al abastecimiento de agua, pues en su centro solía instalarse el pozo.

¿Qué forma tienen?
Normalmente son de planta cuadrada, aunque en algunos casos presenten forma irregular para adaptarse a la trama urbana. Esto ha sido interpretado como un triunfo de los intereses comunes de la ciudad sobre los particulares de las clases privilegiadas.

Palacio Arzobispal

¿Cómo son los elementos que los definen?
Hay ejemplos de patios porticados en sus cuatro lados, pero más abundantes son aquellos en los que uno o incluso dos aparecen cegados. Las columnas o los pilares con la planta “de ochavo”, son los elementos más utilizados para la sujeción del segundo piso, que puede apoyarse directamente sobre ellos o a través de un sistema de arcos. Este segundo piso puede presentar también arquerías pero en muchos casos aparece cerrado y con ventanas.
Las características constructivas y ornamentales de los patios fueron variando a lo largo del tiempo de acuerdo con los gustos estéticos de los grupos sociales, por lo que, a través de ellos, podemos apreciar los diferentes estilos artísticos imperantes en la ciudad según los momentos: gótico, renacentista, herreriano…

Palacio de Fabio Nelli

¿Cuántos había?
Quizá el número de cuatrocientas casas-palacio que referencia Pinheiro a comienzos del siglo XVII, resulte algo exagerado, pero indudablemente este esquema de ocupación configuró importantes áreas del tejido urbano de Valladolid.
En 1948 el profesor Martín González documenta unas 140 casas con patio, contabilizando las que ya habían desaparecido y las existentes en esa fecha.

Palacio Pimentel (Diputación)

¿Qué ha pasado con ellos?
A partir de 1605, con el traslado definitivo de la Corte a Madrid, la ciudad se sume en una profunda crisis. La mayoría de los nobles cierran sus casas y se aposentan en la capital. Los palacios son abandonados o convertidos, con el transcurso de los años, en casas de inquilinos de escaso nivel social.
Su grandeza y magnificencia impedían al propietario, que vive en la corte, vender o alquilar el edificio entero, por lo que sus espacios se tabican y subdividen para se alquilados a mayor número de familias posible.
Los patios nobiliarios, pues, se transforman en patios de vecindad, comenzando un largo camino hacia el deterioro y la utilización degradante de su espacio: habitaciones añadidas, encerraderos, tabiques entre columnas, tendederos…Poco más de una docena ha logrado sobrevivir junto con el edificio del que forman parte y constituyen una parcela importante del patrimonio monumental de la ciudad (Palacio Arzobispal, Palacio de Pimentel (Diputación), Palacio de Fabio Nelli…) pero la mayoría ha sucumbido a la piqueta demoledora del desarrollismo sin dejar huella.

C/ Guadamacileros nº 9

Algunos, más “afortunados” han sido engullidos por una especulación urbana más “respetuosa” que los ha conservado, englobándolos en las nuevas edificaciones. Así, respetados pero olvidados, los antiguos patios de las casas nobiliarias, no cumplen la función para la que fueron creados, pero constituyen un elemento artístico de gran valor y, sobre todo, una fuente documental de primer orden para el conocimiento de nuestro pasado urbano. Merece la pena, por tanto, que realicemos una pequeña excursión a través de ellos.

-Fuente: Valladolid para pensar. Tesoros al descubierto. María Sánchez Agustí. ISBN: 84-87473-21-0

23/11/10

La Calle Juan Mambrilla


Conocida hasta tiempos recientes con el nombre de Francos. Fue una de las primeras calles en formarse extramuros de la primera cerca, en tiempos del Conde Ansúrez. Su nombre se ha puesto en relación con la procedencia de las gentes que allí se establecieron, franceses que habían venido a ayudar a Alfonso VI en la toma de Toledo.

Convento de las Salesas


Sin embargo, parece más probable que se debiera a la exención de tasas y franquicias que en aquellos primeros momentos debieron de gozar sus vecinos, al hallarse extramuros de la ciudad.

Palacio de los Zúñiga


En los siglos siguientes la calle siguió gozando de gran importancia. En ella estuvo el Tribunal de la Inquisición y de ella salió D. Álvaro de Luna con destino al cadalso. Casi toda ella estaba ocupada por casas nobiliarias.


De todo este pasado sólo quedan dos palacios, el de los Zúñiga y el de los Mudarra (Salesas) y una buena cantidad de portadas de medio punto de buena cantería, englobadas en edificios modernos. Así y todo, paseando por el tramo que conserva el trazado antiguo, recientemente peatonalizado, podemos retrotraernos con facilidad a tiempos pasados y comprender el papel jugado por este espacio en la historia urbana.


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-Fuente: Valladolid para pensar. Tesoros al descubierto. María Sánchez Agustí. ISBN: 84-87473-21-0

22/11/10

La reja de la catedral de Valladolid en Nueva York



Por José Miguel Merino de Cáceres

Nos remontamos a 1919 cuando un magnate de la prensa americana llamado William Randolph Hearst, entre otras cosas alcanzó la fama por su afición desmedida por poseer cuantos más objetos posibles, llegando sus riquezas a ser portentosas. Adquirió compulsivamente palacios (construyó un castillo de 240.000 acres en San Simeon, estado de California) y obras de arte, muchas de las cuales nunca llegaban a salir de sus envoltorios, con monumentos y antigüedades del viejo mundo, sobre todo españolas, y todo rodeado de jardines, paseos, estanques etc. hasta un zoológico, intentando superar el lujo y belleza de todo lo hasta entonces conocido.
En España se puso en contacto con Arthur Byne arquitecto Norteamericano entendido de arte y que no dudo en suministrarle a su patrón cuantas piezas quisiera para su sueño. Así viajaron de España a América centenares de piezas ignorando la legislación española en materia artística y aduanera. Decenas de artesanos, fuentes, puertas, ventanas, pórtalas, columnas, esculturas, sillerías de coro, mobiliario vario, rejas, fachadas, bóvedas, etc...

Catedral de Valladolid. Reja de la nave mayor. Fotografía anterior a 1929, procedente del archivo de Hearst (cortesía de C.W. Post Center, Long Island University)


En 1925 le proporciono la pieza mas importante de todo el conjunto expoliado, el monasterio cisterciense de Sta. María de Sacramenta y en 1931 el de Oliva. Tras largo abandono en un almacén, fueron torpemente construidos en Miami. Sobre la reja de hierro forjado de Valladolid; el 25 de abril de 1929 Byne le envió informes a su patrón sobre la reja remitiéndole la fotografía y explicando;….

"la reja construída a principios del siglo XVIII cerraba el coro, pero durante una reforma que tuvo lugar fue retirada y apilada en una cripta. Yo la he comprado y traído a Madrid. Convenciendo al obispo, considero que el precio es barato y además esta en mi poder y no es preciso rondar un año alrededor del obispo y su cabildo. Con la carta de aceptación envié la reja a Valencia al puerto de embarque. La fotografía no es buena pero la reja esta ricamente decorada y dorada y en absoluto es fría o clásica, esta forjada en hierro macizo, los capiteles están bellamente logrados y las cresterías floridas. Se la mando al puerto de Nueva York, es una magnifica pieza. Dos detalles que añadían interés a la reja eran los pulpitos, uno al lado del evangelio y otro al de la epístola. Estaban bellamente labrados con ricos doseles dorados pero al ser estrictamente rituales y caros los he apartado del lote."

Parece ser que a Hearst nunca le intereso la reja y posiblemente jamás llego a verla directamente. Ésta quedo almacenada en los depósitos de Hearst en el Southerm del Boulevard del Bronx neoyorquino, allí se recibían y almacenaban las piezas y antigüedades del magnate.

La reja en el Museo Metropolitano de Nueva York.

Miles y miles de piezas se amontonaban en los dos inmensos almacenes de New York, cuando en 1942 se inicio el proceso de liquidación de las colecciones. Y allí se encontraba nuestra reja y permaneció unos años hasta que en 1956 el Metropolitan de New York se hace con ella, con la intención de canjearla al gobierno Español por el ábside de la arruinada iglesia de S. Martin de Fuentidueña en Segovia.

La reja en el Museo Metropolitano de Nueva York.
Fotografía obtenida de http://domuspucelae.blogspot.com

Incluyeron en el canje, los paneles de S. Baudelio de Berlanga, un cuadro del Greco y cuarenta platos hispano-moriscos. Al final las autoridades españolas seleccionaron las pinturas sorianas y la reja perdió la oportunidad de volver a España. En 1957 quedo instalada en el Metropolitan Museo; seriamente mutilada y desvirtuada. Por razones de espacio, fueron eliminados seis balaustres del total de que constaba y no fue incluido el escudo episcopal que figuraba sobre la puerta de acceso. Un letrero explicativo lacónicamente dice que al colocar el nuevo retablo de la catedral de Valladolid en los años 20, la reja “ya no era necesaria”.

-Fuente: José Miguel Merino de Cáceres, catedrático de Historia de la Arquitectura. UPM



Vídeo cortesía de José Manuel Martín


19/11/10

La Ferroviaria. Una taberna centenaria que sobrevive a la modernidad.




La llegada del tren a Valladolid cambió muchas cosas y entre ellas, tal vez sea esto lo menos importante, el nombre de la calle que antes era el Callejón de los Toros y desde 1863 se rotuló como de la Estación, dada su cercanía.
Pues en esa calle de la Estación está y ha estado siempre desde hace más de un siglo “La Ferroviaria”, tal vez la única taberna centenaria de Valladolid que ha sabido conservar el fondo y la forma, sobreviviendo a la modernidad que nos arrebató tantas huellas del pasado.

A la puerta de "La Ferro", Luciano Álvarez, a la izquierda, con Abundio yAnastasio, entonces camareros del local. La foto es de 1938

“La Ferro”, como castizamente la han venido llamando a través del tiempo sus clientes, abrió sus puertas en 1903. Fue un leonés, Luciano Álvarez García, quien tuvo el buen ojo de poner una taberna y una fonda cerca del complejo ferroviario para atender la demanda tanto de viajeros como de empleados de la Compañía, maquinistas, fogoneros y trabajadores de los talleres generales, que llegaron a ser los más importantes de España.
Unos se quedaban a dormir y otros, más apremiados de tiempo, comían y reemprendían viaje después, llevándose tan buen recuerdo que siempre terminaban volviendo. El público de la taberna era el que estaba asentado en la ciudad, que entraba al ir y al volver del trabajo como un rito, con el caneco de orujo al amanecer, el campanillo a mediodía y la partida por la tarde. Esa costumbre es la que ha mantenido viva a “La Ferroviaria” en un ejemplo de fidelidad que para sí quisieran muchos matrimonios.


Su bodega sirvió como refugio durante los bombardeos republicanos de la guerra. Allí entre tinos y pellejos de vino, la gente rezaba el rosario, oía atemorizada las explosiones cercanas y respiraba aliviada cuando otra vez las sirenas daban aviso de que los aviones se alejaban y el riesgo había pasado.


“La Ferro” ha mantenido en pie el espíritu que empezó viendo pasar a las legendarias locomotoras de vapor y actualmente el tren de alta velocidad como si el tiempo no hubiera pasado.

Su bodega sirvió como refugio durante los bombardeos de la guerra

José, su actual propietario desde hace 21 años, ha procurado conservar el establecimiento con ese mismo aire que le ha caracterizado desde siempre, a lo que ha contribuído el hecho de que el edificio en el que se asienta no tiene vecinos a los que pueda molestar, lo que ha evitado tener que realizar obras para adaptar el local a las ordenanzas municipales en materia de ruidos, cosa que se agradece.


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18/11/10

Valladolid recupera el Triunfo de San Gregorio de Juan de Roelas


A pesar de ser una noticia apenas divulgada por la prensa, en marzo de este año 2010 el colegio de San Albano de Valladolid recuperó Triunfo de San Gregorio que pintó en 1608 Juan de Roelas para la iglesia de San Gregorio del colegio de los ingleses de Sevilla y que se extinguió en 1768. La pintura estuvo en el colegio de Valladolid hasta mediados del siglo XIX, momento en el que fue trasladada a Ushaw College en el condado de Durham, Reino Unido. La devolución de esta pintura al colegio de Valladolid, indica por parte de los religiosos una sensibilidad especial, al haber sido además restaurada, y sobre todo representa una recuperación patrimonial de gran importancia para la pintura sevillana, toda vez que el colegio de San Albano de Valladolid conserva otras pinturas de santos reyes de inglaterra de Francisco Pacheco, y la iglesia de San Miguel de la misma ciudad otra de santas inglesas de Roelas. Recientemente el historiador Gonzalo Martínez del Valle dedicaba un artículo en la revista Archivo Español de Arte, (nº 322, 2008, pp. 183-191) a la iconografía de esta pintura de San Gregorio. Es sin duda una de las cimas de la pintura sevillana en cuanto a la atención del retrato y uno de los antecedentes de la pintura de cuadros de altar. Su devolución a España es todo un acontecimiento y una lección para entender que todos estamos implicados en la recuperación del patrimonio disperso. Ahora lo tenemos más cerca, y seguro que tendremos la posibilidad de que Sevilla pueda contemplar esta importante pintura que salió en 1768 de la ciudad en la que fue pintada y que no pudo verse en la exposición del Museo de Bellas Artes de Sevilla. En este lienzo Roelas pone de manifesto su atención a los rostros de los personajes, prestando especial atención al lenguaje gestual, algo en lo que fue maestro, tomando buena nota de ello el joven Velázquez. Todos nos felicitamos de tan importante recuperación.

15/11/10

El milagroso rescate de la campanera Valeriana Pérez

A las 5 de la tarde del 31 de mayo de 1841, Valladolid se vio conmocionada con un ruido terrible y las casas cercanas sintieron una gran trepidación como consecuencia del derrumbe de la torre de la catedral que se había venido abajo casi por completo, a partir del último cuerpo, el ochavado, donde estaban colocadas las campanas, arrastrando gran parte del tercer y segundo cuerpo, con el reloj incluido. Parte del derrumbe cayó a plomo sobre la fábrica de la catedral, sobre la capilla del Sagrario, destrozando la bóveda, y parte cayó sobre el lado que daba a poniente, cegando momentáneamente el cauce del río Esgueva. En su caída se llevó por delante las bóvedas, vigueteados, escaleras, balaustradas y cornisamientos y el antiguo rollo conocido como el león de la catedral que había sido trasladado desde la plaza de Santa María al atrio de la catedral.
En el crítico momento del desastre se hallaban dentro de la torre, en un cuarto inmediato al campanario donde moraban, el campanero Juan Martínez y su mujer Valeriana Pérez.
El expresado Juan Martínez, en vez de auxiliar a su cónyuge como hubiera sido lo propio pese a sus muchos años, por aquello del instinto de conservación, al comenzar el desplome trató de salvar los propios huesos refugiándose en el hueco de una ventana. Mientras el cauteloso se apartaba, la pobre, y desamparada, y más joven y mejor parecida, Valeriana, cayó revuelta entre las piedras, dos o tres campanas y la magnífica maquinaria del reloj hasta el fondo de la capilla de San Juan Evangelista.
El campanero Juan Martínez, salvado por los pelos del desprendimiento, daba voces lastimeras a tierra y cielo desde la ventana del refugio, aquella que se sitúa debajo de lo que justo tres minutos antes era la torre catedralícia, mismo bajo uno de los arcos que nombran de los Cuatro Vientos. Desde semejante cima de la trabadas y medio derruidas piedras, el casi viejo, y prudente además, imploraba socorro a voz en cuello. Fue rescatado por cuatro vecinos que por allí pasaron y que usando la escalera de uno de ellos llamado Jorge Somoza bajaron al asustado e ileso campanero a tierra firme.

Ésta es la Catedral de Sevilla tras el derrumbe sucedido en 1888.
La imagen nos da una idea de lo que se encontraron los vallisoletanos aquella fatídica tarde.


Por fin, al cabo de dos angustiosas horas, alguien se preguntó por el paradero de Valeriana Pérez, esposa fiel y abnegada del responsable de campanas catedralicias Juan Martínez. Se iniciaron las diligencias con el piadoso fin de averiguar la posición de la Valeriana, pero dado que la mentada no aparecía por ningún lugar, llegaron todos a persuadirse de que la desventurada habría perecido entre los escombros. Cuando todos se lamentaban de tan sensible pérdida, alguien, más animoso que los demás decidió no darse por rendido y por su cuenta y riesgo llamar con potentes voces a la desaparecida. En un primer intento, sólo el silencio, estremecedor y vengativo, respondió a la llamada. Siendo ya cerca del anochecer y habiendo cundido el ejemplo, por lo cual el vocerío de cientos de gargantas repetían el mensaje, quedaron de pronto los llamantes sobrecogidos al oír allá en el fondo de las ruinas, en lo más recóndito y penetral, una voz triste y apagada que contestaba entre lamentos.
-Aquí estoy, aquí estoy, vecinos, sin poder moverme; no gritéis ni alborotéis tanto, por favor os lo ruego, que me duele bastante la cabeza.

Capilla de San Juan Evangelista donde aterrizó Valeriana

Capilla de San Juan Evangelista donde aterrizó Valeriana

Calculando por el sonido de la voz, ciertamente cada minuto más apagado, el punto donde se hallaba la campanera, continuaron los trabajos con vistas a descombrar en aquella dirección.
Mediada la mañana, removiendo unos maderos se descubrió inmediato a la pared izquierda de la capilla un hueco formado por bloques de piedra y madera, del cual sobresalía la extremidad de una saya de mujer, y por allí se fue profundizando hasta que calculando por el sonido de la voz se accedió al punto exacto donde resistía aquel cuerpo sepultado en piedra. La operación de rescate se presentó arriesgadísima y de infinito peligro. Por fin y como Dios la trajo al mundo, medio desfallecida tras treinta horas de sinsabor y zozobra sacaron a Valeriana, entera y sin tullir con todos los miembros en su sitio. Ese día se publicaron los cinco nombres de los que consiguieron desenterrarla, resultando se “confinados del correccional”. No es que obligaran a los pobres presos a estos peligrosos menesteres, sino que ellos mismos se habían ofrecido.
Pasado el tiempo y recuperados del susto el campanero solicitó nuevamente empleo de El Cabildo, el cual caritativo con un derroche inesperado de liberalidad, autorizó a Juan Martínez, por haber quedado reducido en la mayor miseria y sin recursos ni sostén alguno, a pedir de puerta en puerta. Manda bemoles. Y eso que se trataba de persona de gran consideración entre la feligresía de la ciudad. Algo más de generosidad y agradecimiento cabría esperar de las instituciones, y eso que en aquellos tiempos no se cobraba el complemento de peligrosidad.

-Fuente: La Buena Moza. (Miguel Ángel Galguera)


13/11/10

El último vestigio de un afamado cabaret.

Por José Delfín del Val
Paseando por la calle Santa María, en el nº2, podemos comprobar que se mantiene aún, adosado a un balcón, un artificio de hierro con un anagrama en el que se aprecian las letras "GR". Está en forma de banderola, como si hubiera sido el soporte de una antigua farola de alumbrado de un afamado establecimiento público. Como si fuera el último vestigio conservado en Valladolid del famoso café y cabaré llamado "Granja Royal" que funcionó con gran éxito por los años veinte. Dicen quienes le conocieron que fue el mejor cabaré de la ciudad en todos sus tiempos. Bueno; pues en efecto, esa pequeña placa que se conserva próxima a un balcón de esa calle es, efectivamente, un resto del alumbrado exterior del afamado cabaré. Si alguien lo ha conservado, lo ha hecho a propia intención.
El cabaré "Granja Royal" convivió, durante los años 1930 al 1936, con "El Katiuska", el "Novelty", el "Bataclán"; y un buen número de salones de baile extendidos por la ciudad.
La "Granja Royal" se anunciaba como salón de té. Tenía su entrada por la calle de Santiago 37, donde estuvo el diario "Libertad".
La "Granja Royal" tenía muy buenas animadoras, espectáculo con vedettes en la sesión de tarde; y otra sesión de noche, llamada "supertango", que ya era el despiporre. Por las tardes iba la gente bien de la ciudad por varias razones. La primera, porque la repostería era muy buena, hecha de la casa. La segunda, porque había baile y eso daba ocasión de establecer relaciones entre las chicas-topolino y los pollos-pera. Las chicas topolino tenían una variante: las señoritas "Osram", así llamadas porque (como las bombillas de aquella marca) gastaban poco y lucían mucho. Por las noches las mismas artistas que habían actuado en el té se cambiaban de ropa o no se ponían ninguna, según los años y según la permisividad del Gobernador de turno.
A "Granja Royal vinieron entre muchas artistas de mayor o menor fama, Celia Caza, Imperio Argentina, Spabenta, y durante algun tiempo actuaron Irusta, Fugasot y Demare con la orquesta "Las Flores", que constituían las atracciones más cotizadas en ferias.
En la actualidad en el lugar donde estuvo este cabaret hay una tienda de ropa juvenil, quedando como único vestigio de dicho local el anagrama mencionado.


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12/11/10

La antigua iglesia de San Ildefonso

El barrio de Tenerías o de San Ildefonso, situado al sur de Valladolid, entre el Campo Grande y el río Pisuerga se crea a finales del siglo XV y principios del XVI en una situación extramuros. Su ordenación urbana es a base de una retícula ortogonal de calles, típica de Castilla en la época y que fue la base de la ordenación de las ciudades de Sudamérica.

Calle San Ildefonso esquina con Paulina Harriet. Al fondo la iglesia de San Ildefonso

Por la cercanía del río y de las batanerías este barrio fue lugar que numerosos artistas escogieron para sus talleres y viviendas, como es el caso de Esteban Jordán, Juan de Juni o Gregorio Fernández; varias de las calles del barrio llevan sus nombres en recuerdo de ello.

En el siglo XV se había fundado la Parroquia de San Andrés para atender a los barrios extramuros del sur de la ciudad. Sin embargo, la distancia que existía del barrio de Tenerías hasta la parroquia, propició la creación de una nueva para servicio del mismo hacia 1575.

La portada de la antigua iglesia sirve en la actualidad de retablo de la nueva

La advocación fue la de San Ildefonso, debido al nombre del entonces Abad de Valladolid, Alonso Enríquez. El templo se erigió en el convento de Madres Dominicas de Santísimo Sacramento que existía en el barrio, compartiéndolo las monjas y la Parroquia, hasta que en 1606 aquéllas lo abandonaron.

La parroquia siguió usando el mismo templo hasta que en 1844 pasó a la antigua iglesia del Convento de Madres Agustinas Recoletas (fundado en 1606), situada muy cerca del emplazamiento de la anterior iglesia parroquial, y que las Madres Recoletas habían dejado libre. La parroquia usó este templo hasta 1965, en que fue demolido, salvando sólo el cuerpo inferior de la fachada, construyéndose en su solar uno nuevo consagrado en 1968 y actualmente existente, que responde en su diseño arquitectónico a la renovación litúrgica y pastoral del Concilio Vaticano II.

Nueva iglesia de San Ildefonso

-Fuente:Wikipedia

9/11/10

La historia por los suelos


Por José Delfín del Val
Hoy quisiéramos agradecer al Ayuntamiento la instalación de una serie de placas de bronce, colocadas en el suelo de la Plaza Mayor y su entorno, que dan a los curiosos un testimonio de lo que fue aquella legendaria Plaza del Mercado, Plaza de la Constitución (de 1813), Plaza Real de Fernando Séptimo, y Plaza Mayor, que todos estos nombres ha tenido ese lugar tan principal en la vida de la ciudad.


Son anuncios, realizados en materia noble e imborrable, de la incuria que el tiempo nos ha otorgado, hasta que consigamos que del viejo Valladolid no quede nada. Nos está constando mucho pero poco a poco vamos obteniendo notables fracasos. Sólo placas de bronce en los nobles suelos, como contribución a la voracidad de la piqueta y en aras de lo que unos llaman progreso y otros justifican en el mote de transformación urbanística. El caso es que estamos echando abajo demasiados edificios históricos.


Frente al número 7 y en el suelo se ha montado una de las placas más vergonzosas. La que dice: “Antigua portada de San Francisco. Aquí se situó la capilla abierta a la Plaza, la Armería de la villa y el antiguo concejo. Además aquí desde 1498 tuvo sede la cofradía penitencial de la Santa Vera Cruz”. Debajo de esto, en una cartela inferior puede leerse un fragmento del acuerdo al que se llegó (tras el incendio de 1561 que se llevó por delante más de cuatrocientas casas), en el que el Dr. Velasco y el licenciado Vargas con la ayuda, incluso económica, de Felipe II determinaron que se edificaran nuevas calles y casas y en San Francisco “que se haga la portada sacándola a nivel de lo demás y encima se haga un corredor (balcón) con un altar para decir misa y sobre este corredor aya otros hasta ygualar con el alto de las casas”.


En el suelo de la calle Lencería se ha instalado una placa que dice: “Corrillo de los Lenceros y soportales de la Audiencia”. Por si fuera necesario hacemos la aclaración de que la calle o lo que hoy entendemos por lencería más o menos interior y fina, sino porque allí tenían sus tiendas los vendedores de lienzos y telas semejantes. Que sirvieran después para confeccionar calzoncillos o bragas, era cosa de cada cual..


La Red era un espacio de la Rinconada, donde se construyeron puestos de venta de pescado fresco de mar y de río que desde 1436, y por concesión graciosa del rey Don Juan II recibía, a modo de almacenista o mayorista, Alfonso García de la Torre que tenía su casa y depósito en la acera de San Francisco, en el llamado “Sitio de la Red” en un lugar no muy alejado del denominado contemporáneamente “Corral de Torneros”, como consta en otra placa instalada cerca del Café del Norte.


Una nueva placa, situada a la entrada de la calle de La Pasión, frente a una expendeduría de tabacos, recuerda que allí estaba la “entrada al Corral de Ricote y portales de Coleteros”.
Se acepta con desasosiego la colocación de esas placas que testimonian un hecho histórico o anecdótico de nuestro ayer perdido. Si no hubiera desaparecido el monasterio de San Francisco, no sería necesario ahora decir dónde estuvo. Si se hubieran conservado las tres calles más que salían de la Plaza Mayor por el lado de Lencería, no sería necesario testimoniarlo con sendas placas en el lugar donde estuvieron.

-Fuente: Aire de Siglos (Selección de Articulos) . José Delfín Val. ISBN:84-95389-82-7 y 84-96186-05-9



 
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